martes, 1 de julio de 2014
Radmila´s babies
sábado, 8 de junio de 2013
Equilibrio
viernes, 7 de junio de 2013
Mi pie izquierdo
En el arte como en el amor la ternura es lo que da la fuerza.
domingo, 19 de agosto de 2012
El Rescate
viernes, 17 de agosto de 2012
Secretos
domingo, 6 de mayo de 2012
Pum para arriba
lunes, 30 de enero de 2012
Abracadabra
Carrete
sábado, 4 de junio de 2011
Orgullo Gay
martes, 11 de enero de 2011
Faustino y Generosa
jueves, 5 de agosto de 2010
sábado, 5 de diciembre de 2009
Triunfo
jueves, 3 de septiembre de 2009
Trapecistas
Ícaro
domingo, 30 de noviembre de 2008
domingo, 5 de octubre de 2008
domingo, 4 de mayo de 2008
domingo, 2 de diciembre de 2007
Saltimbanqui

Cuentan las crónicas del viejo monasterio que en una ocasión pidió asilo un célebre saltimbanqui, cuya compañía de titiriteros se había disuelto. Los monjes lo acogieron como a uno más.
Pasaban los días y el saltimbanqui no mostraba especial destreza para ninguna de las tareas propias del monasterio, por lo que le acabaron aceptando como alguien inútil.
El abad del monasterio velaba para que cada morador de la abadía se sintiera querido y observaba que el hombrecillo era cada día más feliz. Decidió observarle y comprobó que terminado el rezo de los maitines a medianoche cuando todos los monjes se retiraban a descansar, nuestro saltimbanqui se escurría silenciosamente hacia la solemne iglesia y, atravesando con respeto la nave central, subía los peldaños del presbiterio aproximándose hacia el sagrario.
Allí hacía una reverencia y después de un breve silencio comenzaba a hacer piruetas, volteretas, mortales y todo tipo de acrobacias hasta caer rendido junto al altar.
Allí quedaba tendido hasta antes del amanecer que retornaba sigilosamente a su celda.
El abad le observó así muchos meses como si estuviera poseído de una energía inacabable. Sin embargo un día que sus piruetas eran especialmente bellas y que se prolongaron hasta las primeras luces del alba el saltimbanqui inútil del viejo monasterio cayó rendido para siempre bajo la mirada de Dios que disfrutaba como un niño aquella manifestación tan pura y simpática de amistad.
Y contaba el cuento en su final que el abad vio cómo unos ángeles recogían el alma de aquel hombre para llevarla al abrazo de Dios.
(Anonimo)




















